María Verónica Lake Fuenzalida
20 de noviembre de 1948 — 29 de enero de 2005
La menor de los Lake Fuenzalida
María Verónica nació el 20 de noviembre de 1948, la última en llegar a la numerosa familia Lake Fuenzalida. Ser la menor de once hermanos es un destino singular: hay quien lo vive a la sombra de tantos, y hay quien lo transforma en una fuente inagotable de alegría y personalidad. Verónica fue, definitivamente, de las segundas.
Creció en un hogar que ya era toda una pequeña comunidad — hermanas mayores que la enseñaban, hermanos que la cuidaban y molestaban a partes iguales, una madre que era centro de gravedad de todo ese universo. Ñuñoa era su mundo, y Verónica lo habitó con una vitalidad que todos recordarían.
El matrimonio
El 9 de julio de 1979, Verónica unió su vida a la de Jesús Luis Villaro Ortiz, nacido en 1931. Fue una unión que trajo a su vida una nueva dimensión — la de construir algo propio, mientras seguía siendo la Verónica de siempre para su enorme familia.
Un alma que llenaba los cuartos
Quienes la conocieron coinciden sin dudar: Verónica tenía ese don de hacer que cualquier reunión fuera más alegre. Sus risas eran contagiosas, sus mañas eran entrañables, y sus anécdotas — esas historias que sabía contar con un timing perfecto — quedaron grabadas en la memoria de sus numerosos sobrinos.
Recordada por sus sobrinos por su alegría, sus risas, sus mañas y sus anécdotas — y por ser devota de la Virgen de Lourdes, las fiestas y el arte de disfrutar la vida.
Verónica tenía también un lado más íntimo y conmovedor: su devoción a la Virgen de Lourdes era sincera y profunda. No era solo una costumbre familiar heredada — era algo suyo, personal, que la acompañaba en las alegrías y también en los momentos difíciles.
La guardiana del cementerio
Hay un detalle que quienes la recuerdan mencionan con una ternura particular: Verónica era devota de la limpieza, especialmente del cementerio donde descansaban su padre Manuel, su hermano Diego y tantos otros seres queridos de la familia. Era su manera de honrar a los que se habían ido — de mantener viva una presencia, de decirles, en silencio y con escoba en mano, que no estaban olvidados.
Ese gesto, tan concreto y tan suyo, dice todo sobre quién era Verónica: una mujer que amaba la vida y amaba a sus muertos con igual intensidad. Que sabía reír a carcajadas en una fiesta y también arrodillarse en silencio ante una lápida.
Un legado de alegría
María Verónica Lake Fuenzalida falleció el 29 de enero de 2005. Se fue siendo la pequeña de la familia — siempre la menor, siempre con algo de esa niña que llegó al mundo cuando los Lake Fuenzalida ya eran diez.
La dejaron sus sobrinos con anécdotas que seguirán contándose. La dejaron sus hermanos con el recuerdo de esa sonrisa que no necesitaba motivo especial para aparecer. Y la dejó Lourdes con su intercesión, que Verónica nunca dudó en pedir.